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EDUARDO
POGORILES [Ñ. Clarín. 14-08-04]
Jorge Herralde
es toda una leyenda en el mundo editorial. En 1969 lanzó Anagrama con
un piso alquilado y una secretaria. Esos primeros años fueron difíciles
"porque editábamos con-tra Franco en una línea de izquierda heterodoxa,
yo era un contestatario inspirado en el Mayo Francés cuando saqué mis
dos primeras colecciones. Documentos y Argumentos", cuenta Herralde
en una visita fugaz a Bue-nos Aires para presentar El observatorio editorial,
una antología de sus pensamientos sobre el oficio y anécdotas de escritores,
pu-blicada aquí por su amiga Adriana Hidalgo.
Francisco
Franco lo procesó diez veces, alguien quemó sus depósitos de libros
y censuró en un solo año una lista de 38 títulos de Anagrama, entre
ellos Los cantos de Maldoror del poeta francés Lautréamont y Haschisch
del crítico alemán Walter Benjamín. Herralde sobrevivió. Hacia 1972
su título más vendido era Las cuatro tesis filosóficas de Mao, junto
a obras de Althusser, Enzensberger y Lacan. "Luego vino el desencanto,
el posfranquismo desde 1977 y la lenta caída de los mitos revolucionarios
socialistas: China, Cuba, Rusia. Los lectores no querían saber nada
de ensayos teórico-políticos y yo volví a la narrativa.".
En
1978 las novelas de Charles Bukowsid en la colección Contraseñas salvaron
a Anagrama. En 1981 lanzó las colecciones Panorama de Narrativas y Narrativas
Hispánicas. Así logró una identi-dad cultural fuerte, sus libros de
tapas amarillas ya eran símbolos. Con el tiempo, Herralde reunió un
prestigioso catálogo que hoy suma 2.350 títulos, con notables escritores
y ensayistas europeos, estadounidenses, asiáticos y lati-noamericanos.
Allí conviven, entre otros, desde Martin Amis a Paúl Auster, Javier
Marías, Roberto Bolaño, Antonio Tabucchi, Claudio Magris, Patricia Highsmith,
Haroíd Bloom, Fierre Bourdieu, Edward Said, Carlos Monsivais y Kenzaburo
Oé.
La
leyenda de Herralde creció en medio de la reciente ola de quiebras y
fusiones editoriales, cuando se resistió a vender Anagrama y separarse
así de sus 15 fieles empleados. "Tuve ofertas de Rizzoli, Hachette y
Mondadori, que agradecí y rechacé; nunca llegamos a hablar de dinero.
En realidad, ya en los años 80 José Manuel Lara Hernández, el dueño
de Planeta, quiso comprar Anagrama conmigo adentro, pe-ro no hubo caso.
Es que editar es mi pasión", dice Herralde.
Hay
quien ve su historia editorial como un símbolo de los cambios que vivió
España desde finales del franquismo...
Nací
en Barcelona y mi padre era un pequeño industrial metalúrgico. Me crié
en la España de los años 40 y 50 durante la posguerra civil, con el
drama de los exilados y la estrecha educación religiosa. Pero leía mucho;
recuerdo la conmoción por Santuario de William Faulkner. Qui-se estudiar
la carrera de Letras, pero todo estaba en manos de monjas y sacerdotes.
Había muchos buenos acadénticos exilados, como el psiquiatra Ramón García
o el antropólogo José Ramón Noguera, que con el tiempo me asesoraron
en mis primeras colecciones. Yo era bue-no para las matemáticas y me
recibí de ingeniero, pero guardé el diploma. Leía la literatura censu-rada
por Franco, esa que en Bue-nos Aires publicaban Losada, Emecé y Sudamericana.
En vísperas del Mayo Francés de 1968, yo era parte de la izquierda cultural
barcelonesa, ésa que Ana María Moix retrató bien. En el restaurante
"Cala Mariona" nos reuníamos con el cineasta Vicente Aranda, con los
jóvenes editores Carlos Barral, Luis de Caralt y Esther Tusquets, con
Juan Marsé y el arquitecto Oriol Bohigas.
Casi
dos tercios de su catálogo está formado por autores no españoles y de
habla inglesa, ¿cómo hace para conservarlos?
Con
té y simpatía. En realidad mi catálogo refleja distintos momentos culturales,
los autores se potencian unos a otros. En los años 70 fue el boom del
ensayo político y de autores marginados como Bukowski o Copi, en los
80 llegaron los autores ingleses y la vanguardia española, en los 90
se impusieron los angloindios, desde el año 2000 es el turno de los
latinoamericanos. Yo digo que mi único patriotismo es la calidad literaria
y que retengo a aquellos escritores cuyos agentes literarios no piden
anticipos disparatados. En mi editorial la estrella es el autor, hay
una relación artesanal y personal con cada escritor. Saben que van a
ser bien editados, difundidos y distri-buidos. Aún así algunos se van,
tentados por anticipos jugosos.
¿A
veces se equivoca?
Claró,
caigo en el juego de los agentes literarios y hago apuestas muy altas.
No puedo pagar esos enormes anticipos que dan las grande» editoriales.
Me cansé de vender libros de Tom Wolfe, como La hoguera de las vanidades,
pero en la Feria de Frankfurt no pude pagar medio millón de dólares
por Todo un hombre, su última novela. Otro caso: yo publiqué la primera
novela de Jeffrey Eugenides, Las vírgenes suicidas. Entusiasmado, no
quise perder los derechos de la siguiente, Middiesex, pero casi quiebro,
no vendió lo esperado.
¿Cuándo
es que uno de sus libros llega a ser best seller?
Va
en camino al pasar de los 10 mil ejemplares. Algunos superan los 20
mil y Auster vendió 60 mil con El libro de las ilusiones. No vivo en
una torre de marfil, busco que los buenos libros sean leídos por muchos.
En narrativa, nuestros más vendidos son Auster, Tabucchi, Highsmith,
Cohen, Bukowski. En ensayo, es una hazaña superar los 10 mil ejemplares,
pero lo lograron Bloom, Kapuscinski, Sacks. Una antigua regla de mi
oficio, violada por la codicia que siembran los agentes literarios,
dice que debería existir una proporción entre la cifra que se paga como
anticipo a un escritor y la cifra de libros que vende. Hoy editamos
por año 75 novedades, 25 ediciones de bolsillo y 200 reediciones, algo
atípico en la industria porque confirma la vitalidad del catálogo. Un
autor que se inicia puede cobrar 3 mil euros de anticipo, luego 6 mil
si ya está consolidado. Mis tiradas promedio van de 5 mil a 8 mil ejemplares,
es el caso de argentinos como Ricardo Piglia y Alan Pauls. El premio
Anagrama de Ensayo es de 6 mil euros, el de Narrativa es de 18 mil.
No son grandes sumas, comparadas con el Premio Planeta. Ocurre que los
premios funcionan como un truco de los editores para disputarse autores.
¿Por
qué cree que es el momento de los latinoamericanos?
España
no abunda hoy en autores singulares como en los años 80 y los ingleses
aburren, creo, con sus historias de clase media. Desde 2000 los latinoamericanos
ganan un premio tras otro, son voces potentes. Pienso en los chilenos
Bolaflo y Lemebel, los argentinos Piglia y Pauls, los mexicanos Bellatin
y Fadanelli. Usted acostumbra decir que un libro puede fundar un imperio
editorial o también destruirlo... Este fue el caso de Planeta, que nació
con el best seller Los cipreses creen en Dios de José María Gironella.
Lo mismo pasa ahora con una editorial inglesa, Bloomsbury, muy chica
hasta que lanzó Harry Potter, de Joanne K. Rowling. Soy un optimista
sensato. Lo digo a pesar de la concentración librera y editorial, de
la superproducción y de esta fuga hacia adelante con el pago de anticipos
enormes. Los lectores fuertes persistirán. Los editores debemos tratar
de publicar lo mejor posible, que no es poco. Y todos necesitamos de
un sitio de encuentro, esas buenas librerías que tanto aportan por sí
mismas a la diversidad cultural.
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