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Ver y poder 656
páginas |noviembre 2007
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Jean-Louis Comolli Desde 1962 colabora con Cahiers du Cinéma, habiendo sido su jefe de redacción durante su época más radical. Ha enseñado en Belo Horizonte (UFMG), Barcelona (IDEC, Universidad Pompeu Fabra), Estrasburgo (Universidad Marc Bloch), Ginebra (ESBA). Escribe en Trafic, Imágenes documentales, La imagen, Le Monde, Jazz Magazine. Ha publicado Free Jazz / Black Power (1971) junto a Philippe Carles (volumen reeditado por Folio, Gallimard, en el 2000); Miradas sobre la ciudad (1994) junto a Gérard Althabe (Suplementarios, BPI Centro Pompidou); Parada en la historia (1997) junto a Jacques Rancière (Suplementarios, BPI Centro Pompidou); Cine y política, 56-70 (2001) junto a Gérard Leblanc y Jean Narboni (BPI Centro Pompidou); Filmar para ver. Escritos de teoría y crítica de cine (2002, Simurg, Buenos Aires); Ver y poder. La inocencia perdida: cine, televisión, ficción, documental -textos e intervenciones entre 1988 y 2003- (2004, Ediciones Verdier; 2007, Nueva Librería/Aurelia Rivera, Buenos Aires). Es co-director del Diccionario del Jazz (1994, Bouquins, Robert Laffont). Ha obtenido el Premio Scam 2003 por el conjunto de la obra. |
En los medios 19.01.2008 Ñ Clarín Cultura Lecturas
16.12.2007 PERFIL Cultura Libros Novedades ![]() Contratapa El presente es irreal, el espectáculo está en todas partes, la forma espectacular de la alienación nos invade: resulta que el goce alienado (el placer de dejarse someter) no estaría tan ligado al consumo, a los bienes materiales, a la mercancía, sino, desde ahora y ante todo, al espectáculo, mucho más eficaz, mucho más político que la mercancía en sí. Por eso surge la necesidad de oponer las lógicas cinematográficas a la dominación del espectáculo. Le présent est irréel, le spectacle est partout, la forme spectaculaire de l’aliénation domine partout : il apparaît que ce serait moins à la consommation, aux biens matériels, à la marchandise que s’articulerait la jouissance aliénée (le goût d’être soumis) mais désormais avant tout au spectacle, bien plus efficace, bien plus politique que la marchandise seule. C’est pourquoi la nécessité de dresser les logiques cinématographiques contre la domination du spectacle. Un artículo Manifiesto documental Algunos cineastas publican un manifiesto.(1) ¿Qué es un manifiesto? Una declaración, un acto de palabra que manifiesta un cierto estado de cosas, o más bien lo que en el estado de cosas quedó latente. ¿Qué? El miedo, por ejemplo, hoy en día, en este país; miedo que se crispa del lado de la administración pública de la creación (ministerio, C.N.C., televisión) ante el cine documental, o más bien ante la posible autonomía de la creación documental. Algo da miedo en el ejercicio del documental. Que toque, como se dice, “lo real” -es decir esa parte de las cosas que guarda su fuerza poética de sorpresa, para todo lo que diverge del orden establecido, que anula programas, que manipula los controles...- eso siempre da miedo, sin duda, pero no es de ahora, pero no tiene que ver con el cine (eso compete a toda suerte de arte vivo). Que la producción documental se haya transformado en algunos años en irremediablemente copiosa, torbellino de estilos y de gestiones, polifonía de voces singulares, indescifrable, incorregible, incontrolable, eso podría perfectamente asustar aquí y ahora, en todo caso a los maníacos de la gestión (que son también ases del despilfarro). En el estado latente de guerra oscura en el que estamos, el documental mezcla las cartas (y redimensiona los territorios). Juega al barquero en los límites y las fronteras. El desorden, el disturbio, el extravío, la pérdida de referencias, la preocupación por lo invisible de la avidez mercantil. La misma debilidad de la economía le da una liviandad, una velocidad -también una exactitud- que el cine de ficción encuentra raramente. A decir verdad, desde hace algunos años, vemos desplazarse el centro de gravedad del cine, una vez más hacia ese obstinado destino documental que no cesa de trabajar sordamente (de Rossellini a Kiarostami o Moretti). Al mismo tiempo, es efectivamente ese cine estallado e inasible, el que desborda el esfuerzo de normalización y de concentración querido sin tregua para la lógica económica liberal. El documental es la punta de esta resistencia del cine a los imperativos ideológicos y comerciales -los cuales, por otra parte, cada vez más, no hacen sino uno. En primera línea, es decir en la punta más frágil. La fuga de la televisión -reconocida hasta en las negativas- en cuanto a la difusión de documentales, ilustra ese deseo de terminar con esos objetos-difíciles-de-recoger que no se dejan llevar a la categoría mercantil de “producto”, que no desaparecen apenas consumidos. La cuestión que se plantea -que plantean los documentalistas- es la de saber qué fuerzas -aquí en este país- tienen interés o beneficio en la desaparición del documental de las pantallas, grandes o pequeñas. ¿Acaso se imagina, se desea, una sociedad que sería aún la nuestra y que no tuviera para representarse, es decir para intentar captarla, pensarla, desearse a sí misma, otra cosa que historias ajustadas como cronógrafos y polisémicas como el indicador de los ferrocarriles? Debates y magazines en los que las “informaciones” (en lo que aún se llama “información”; hay que decir que la forma le devoró toda sustancia) giren sobre sí mismas como maniquíes en un desfile de modas, afectados, ensayos y aburrimiento incluidos? Estas cuestiones atraviesan y unen todas las islas de una sociedad. La cuestión de la vida del documental interesa mucho más allá del círculo de fabricantes de documentales. Toca aquello que en cada uno de nosotros resiste al protocolo de indiferencia en curso de aplicación. Notas
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